En el establecimiento La Picaza, en la provincia de Córdoba, Adolfo Cambiaso volvió a escribir una página inédita en la historia del polo. Allí se disputó un chukker completo montando únicamente clones de Cuartetera, la yegua más influyente del polo moderno, en una escena que refleja con claridad el impacto de la biotecnología en el deporte.
Los protagonistas, alineados de izquierda a derecha, fueron los clones 18, 33, 19, 21, 17, 27, 22 y 23. Todos comparten el mismo ADN de aquella yegua legendaria que revolucionó la alta competencia y que hoy, gracias a los avances científicos, prolonga y multiplica su legado dentro de la cancha.
El vínculo entre Cambiaso y la clonación comenzó en 2006, cuando decidió conservar células de Aiken Cura con la mirada puesta en el futuro. Cuatro años más tarde, en 2010, presentó oficialmente los primeros clones de Cuartetera. En 2013 llegó otro hito: por primera vez, el crack argentino disputó un partido oficial montando clones, confirmando que la técnica era viable al más alto nivel.
Con el paso del tiempo, La Picaza se transformó en el centro neurálgico de esta innovación, coronado ahora con un chukker íntegro de clones que simboliza la fusión entre tradición y ciencia.
El impacto de la clonación en el polo es profundo. Por un lado, permite preservar genéticas excepcionales más allá de los límites naturales de un caballo. Por otro, posibilita que un mismo linaje de elite se exprese en múltiples ejemplares de alto rendimiento. En este contexto, Argentina se consolidó como referente mundial en la aplicación de la clonación al polo de alto hándicap.
Lo ocurrido en La Picaza va más allá de una demostración científica. Es una muestra concreta de cómo el polo argentino logra combinar historia, innovación y excelencia. Cuartetera ya no es una sola: su talento se replica, se multiplica y sigue dejando huella, ahora en plural.